Una anécdota para contar

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Para contar estoy aquí, un relato que ocurrió en los momentos más oscuros de la vida. Recuerdo poco los sucesos que marcaron mi vida, pero lo que recuerdo es suficiente para no intentarlo una vez más.

Tenía dieciséis años. Un chico alegre que gustaba del deporte, de beber hasta altas horas de la noche y a conseguir sexo sin sentimientos envueltos. Entre mis salidas conocí a Marcos, un chico poco mayor que yo, pero gustaba de los mismos placeres.

Cuando el alcohol llegaba a un ponto nos contábamos toda clase de anécdota que hubiéramos tenido con una chica. Lo que nos gustaba hacerles y que pedíamos que hicieran, así comenzamos a salir en busca de presas. De mujeres de una noche para saciarnos.

Llegábamos a un bar, conocíamos chicas y de allí nos íbamos a un motel a pasar la noche. Ambos sabíamos a lo que íbamos, placer tanto para ellas como para nosotros. Hasta que vi exactamente lo que él hacía.

Las mujeres eran amarradas de las extremidades, una excusa para experimentar. Para que no gritaran las amordazaba, diciéndole que le gustaba que los vecinos oyeran. Luego de excitarse por un rato con la mujer, introducía en su vagina un cepillo de alambra circular y mientras la mujer se retorció de dolor. Él con su mano libre se masturbaba y reía. Mientras tras las puertas del armario me mordía los labios.

Luego de un rato, sacaba un cuchillo afilado y comenzaba a tajear los muslos de la chica. Volviendo a aferrar su miembro con placer, el tipo estaba loco. Cuando no pude más salí, tenía que detenerlo, pero no recuerdo más. La chica fue hallada con la garganta abierta y drenada de toda su sangre, y yo vivo. Una anécdota para contar.

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