Reino de grandes maravillas

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Había una vez un reino, uno muy lejos de parecer uno de cuento de hadas. Era un reino pequeño que daba a un acandilado por dos de sus partes mientras los otros dos lados estaban cubiertos por murallas. La puerta a Tierra era el único acceso al interior de las murallas y la única salida.

La monarquía de ese lugar era similar a muchos líderes de poder de cualquier lugar, su principal interés eran su propio beneficio. Esa era una de las razones por la cual el reino había perdido su color, todo se confundía con la tierra. Durante el día es difícil poder encontrar a un ser vivo por los alrededores y si lo veías, su cuerpo cubierto era imposible de reconocer.

Un alto y profundo risco era la vista desde el patio trasero, un acantilado que fue erosionado por los embates de las olas haciendo cuevas en sus cimientos. ¿Quién diría que el mar no tiene vida? Si azota con tal fuerza la roca que pensarías que culpa a las personas por su color chocolate y olor a muerte.

El mar no es el único que les tiene rencor, el viento los visita en ráfagas intensas que van y vienen sin avisar. Ráfagas que destrozan techos y paredes.

Aquí el alimento escasea, por lo que nada se desperdicia. La piel, viseras y carne tienen su uso. Nadie tiene mascotas, todo es comestible. Los pequeños arbustos que crecen son para los rumiantes.

La vida en el reino se esta acabando. La tierra cambia, se muere, pero a pesar de la incomodidad los habitantes no aceptan su culpa ni cambian para mejorar la situación.

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