La colina de la abuela

colina

En lo alto de la colina hay una casa donde se decía que olía siempre a lago sabroso, el aromo a su alrededor era de masa de galletas, pasteles y demás postres, cualquiera que pudieras imaginar. Todos los años a principio de la primavera la abuela que vivía allí realizaba una pequeña fiesta para los niños del vecindario y sectores cercanos. Les ofrecía ponche, jugos, paletas, pasteles, flanes y otras dulzuras. A los chicos les encantaba y regaban la voz del suceso, por lo que al año siguiente llegaban más.

Los niños acudían todos los años, pero todos los años no eran los mimos chicos. Se decía que los niños desaparecían sin dejar rastro, muchos pensaban que eran raptados para venderlos como esclavos, otros decían que se habían ido con el circo.

Lo que no sabían era que la visita a la colina era una invitación a lo desconocido, sus padres les permitían ir a una fiesta inocente que terminaría en su fin. La anciana que vivía allí una vez comido de sus postres los chicos no podían dejar de saborearlos, así que cuando volvían por más ya no salían del lugar.  A mí nunca me permitieron comer de sus postes, aunque su aroma más de una vez me tentó.

Es horroroso pensar lo que la anciana podía hacer con los niños. Es horroroso, lo sé, pero esa anciana era mi abuela. Se que es una abominación y más el imaginar sus caritas inocentes, pero no quiero que muera. Ella la y que amo se alimenta de niños. Eso es asqueroso, pero más asqueroso es que cuando sus fuerzas no se lo permitieron yo los conseguía por ella.

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