
—Mamá, ¿por qué lloras? —esa fue la pregunta que salió de su boca al descubrir las lágrimas que bajaban por mi rostro. Al escucharlo, mi mente viajó rápidamente al pasado; a la soledad que me envolvió tras su nacimiento, cuando los amigos desaparecieron y yo me centré exclusivamente en él. Recuerdo lidiar con mi nuevo rol mientras, poco a poco, olvidaba a la persona que yo misma solía ser.
En aquel entonces, la lluvia de consejos y críticas me hacían dudar de cada paso que daba. Añoraba los momentos en que los demás se marchaban porque tú dormías y yo por fin podía descansar de su parloteo. Verte dormir plácidamente me recargaba; era el único momento a solas para nosotros dos.
—Mamá, ¿por qué lloras? —me preguntaba, sin saber que antes lloraba a solas para acompañarte cuando no lograba descifrar si tu llanto era por el pañal, por comida o por cualquier otra cosa. Me aterraba la idea de no escucharte de noche o de que me necesitaras y yo no estuviera cerca. Por eso, retomar mi vida normal se me hizo tan difícil; prefería estar a tu lado a que me necesitaras y no poder acudir a tu encuentro.
—Mamá, ¿por qué lloras? —insistía él, recordando aquel primer día de clases que añadió un nuevo nivel a mis preocupaciones. Ir a la escuela era una etapa natural de aprendizaje, pero el pensamiento se me nublaba al pensar en los demás niños y en ese talento que algunos tienen para hacer sentir mal al resto. Me preguntaba si confiarías lo suficiente en mí para contarme lo que te sucedía, y si yo sería capaz de darte las herramientas para enfrentar un mundo que, a veces, ni yo misma lograba entender.
—Mamá, ¿por qué lloras? —continuaba preguntando mientras crecía, y conmigo crecían mis temores. Dicen que cuando los hijos crecen todo es más fácil, pero eso es una falacia. Ahora que no controlo tu entorno y que te desenvuelves solo, la inquietud es mayor: tu seguridad en la calle, saber si tus «amigos» realmente lo son, y el miedo persistente de no escuchar el teléfono por la noche si llegaras a necesitarme.
Dejar de ser mujer para convertirme en tu mamá ha sido la experiencia más terrorífica y fascinante de mi vida. No por ti, sino por este mundo que parece devorar a los buenos y exaltar a los malos. Eso es lo que me hace llorar.
—Mamá, ¿por qué lloras? —me pregunta hoy. Y lloro porque, aun después de tantos años, todavía no sé si lo hice bien