¡El tubo explotó!

tubo

El sonido del agua capto mi atención, el tubo del baño expulsa el agua que debe estar en su interior. Intento cerrar la llave de la pared, pero esta no quiere ceder. Salgo corriendo al patio y busco como una demente la llave de paso del agua, hasta que la encuentro. Detengo el mar de agua que se ha apoderado del baño y la cocina.

Papi no está, así que voy por las herramientas y desmantelo el lavabo y saco el tubo. Rebusco entre sus recovecos y no encuentro un reemplazo para el tubo. No hay tiempo para perder por lo que tomo las llaves y voy a la ferretería. Al bajarme del vehículo me percato que mi ropa aun gotea y tengo manchas de fango, todo por arrastrarme en busca de la llave.

Me miro en el cristal de la puerta y aprieto el moño, halando los dos extremos del pelo. Ya tengo la pega, el tubo y me falta el teflón. Cuando levanto la vista del estante, allí esta él. Llevo más de cinco años sin verlo.

El cuerpo se tensa, la respiración y los latidos se fueron a competir. Bajo la vista en el momento en que nuestras miradas se encuentran. Tomo lo que me falta y doy media vuelta sin decir hola siquiera.

Lleguo a la caja y pago. Salgo, literalmente, corriendo de allí. En cada semáforo en que me detengo las recriminaciones, las quejas y las dudas llueven. ¿Por qué te asusto su presencia? ¿A qué le temes? No te atreviste ni hablar. Eres una cobarde, te fuiste huyendo. ¿Qué pensó al verme?

Tirada en el suelo del baño recordé porque no lo salude. Durante esos cinco años después de nuestro rompimiento no me dirigió la palabra. Lo había dejado, todo por un beso. Abro la llave de paso y recogo el exceso de agua.

Después de un baño caliente y una tasa de té, tomo mi teléfono y entro a mi red social. Arriba en la campanita de mensajes hay un circulo rojo con el número 1.

Cliqueo el círculo, abriendo el listado de los mensajes. Sombreado esta su nombre, seguido de un Hola… Lo abro.

– Hola, espero estés bien.

– Hola. Estoy bien ¿y tú? – le contesto.

– No me atreví a saludar.

– Yo tampoco me atreví, no sabía si me devolverías el saludo – me justifico.

– Disculpa por cómo se dieron las cosas – continúo.

– Éramos jóvenes e inmaduros, no hay resentimientos. ¿Qué te parece si mañana nos tomamos un café y nos ponemos al día?

Acudo al coffee shop donde nos citamos, estoy nerviosa. Al entrar lo diviso en una de las mesas. Al acercarme, él se levanta y cuando lo voy a saludar me toma del rostro y me besa. No lo esperaba, me quedo helada.

Cuando separa sus labios de los míos, me susurro.

– ¡Te lo debía!

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