El reloj marca las 11:50pm sus músculos están tensándose, esperando el momento en que la noche se vuelve imposible de sobre llevar. Las sombras bajo sus ojos delatan las pocas horas que ha podido dormir.
Por costumbre, se mueve hacia la ventana buscando la procedencia de los ruidos en el exterior, pero al darse cuenta de que no hay nada afuera que lo produzca sabe que ya está por llegar. No ha buscado ayuda, de hacerlo tendría que contar lo ocurrido y aceptar su error.
—¡Dónde carajos está mi relevo! —le preguntó Marina a su compañera al terminar de rellenar el carrito de visitas.
—No ha llegado —contestó su compañera sin levantar la vista del récord médico.
—Me estoy cayendo de cansancio, voy para 26hrs corridas.
Divisó a Omar a unos metros de ella, lo que la alivio.
—¡Al fin! —no puedo evitar comentar cuando él llegó a registrar su entrada.
Él ni se inmutó, el silencio sin disculpas hizo que su molestia creciera, pero estaba cansada de lo mismo. Introdujo su código y fue por sus cosas para marcharse a casa.
Camino hacia el auto, la brisa de la noche el golpe junto a las horas sin dormir. Se sentó frente al volante, respirando profundo para soltar el cansancio y la frustración que cargaba. Encendió el motor, mientras pensaba en estar ya en casa decidió cambiar la ruta habitual, se iría por la playa evitando los semáforos que la retrasarían más.
Con cada kilómetro recorrido una sensación de mareo y ausencia se apoderaban de ella sin poder hacer nada al respecto, los palpados pesaban cada vez más.
—Unos videos me ayudarían a mantenerme despierta—se dijo tomando el teléfono y pulsando casi sin mirar la aplicación necesaria.
Escroleaba, escuchaba los videos mientras sus ojos se centraban en el oscuro camino alumbrada solamente por los faroles del vehículo.
Una sacudida y un golpe fuerte hicieron que su teléfono se resbalara de sus manos, había cogido un hoyo, y paró en el suelo del vehículo. Un pensamiento surco su mente, “y traba los pedeles”. A tientas, buscó infructuosamente. Sus reflejos inmediatos al no encontrarlo fueron su perdición, aunque fue solo un segundo. Bajó la vista cuando algo golpeo la carrocería. El chirrido de los frenos al ser oprimidos con fuerza rompió el sonido apacible del lugar. Abrió la puerta en medio de la oscuridad y bajo del coche, pero nada se veía. Asustada decidió marcharse.
Al día siguiente despertó, cuando su cuerpo decidió hacerlo. Encendió la televisión mientras preparaba café y los titulares de las noticias de la tarde sonaban de fondo.
—Un hombre fue encontrado en la carretera 165 cerca a la playa Parchola. Según las autoridades el hombre de unos 25 a 30 años fue impactado por un auto que se alejó de la escena sin prestar los primeros auxilios a la víctima. A consecuencia del golpe el cuerpo fue expulsado en dirección a la playa —soltó lo que hacía para subir el volumen y escuchar mejor la noticia. —Se está haciendo la búsqueda de las extremidades del hombre, las que fueron arrancadas por el impacto y arrastradas por la marea, el torso quedó protegido por unas rocas.
Marina, buscó su teléfono, el que se movía frenéticamente en sus manos. Encontró la Google Map, el que abrió buscando el nombre y el número del lugar por donde pasó. Esos datos nunca se le quedaban en la memoria.
—¡No puede ser!
Entró al internet, allí estaba la noticia completa. El vehículo del occiso se había descompuesto, donde se encontraba no había señal así que comenzó a caminar en busca de ayuda. Había escrito un mensaje a su esposa de lo ocurrido, el que le llegó tan pronto el celular tuvo señal.
—¿Qué carajos haré ahora?
De tanto pensar sus opciones y de determinar si era o no su responsabilidad llegó la noche. Esa misma noche comenzó a escuchar el rugir de las olas, aunque no vivía cerca al mar. El crepitar de los cristales y el chirrido de neumáticos la obligaron a cubrirse los oídos.
Salió de la cocina, en busca de la procedencia de los ruidos cuando se topó con una neblina en su sala. Allí lo vio, con un lado de su rostro derretido, parecía haber golpeado el pavimento con el. El ojo amenazaba con salirse de su cuenca y sus extremidades se sostenían solo por algunos tendones y tejidos.
Marina se sorprendió, pero no pudo moverse, él no la mató, pero tampoco la deja vivir en paz. Regresa cada noche desde ese día, a hacerla vivir un infierno.