
Corría como todos los días por el patio de mi casa, la única diferencia era la oscuridad. La penumbra entre los árboles los hacia verse más imponentes y misteriosos. Aunque conocía el área como la palma de mi mano, se sentía diferente.
A unos pies retirado de mí, la abuela cruza apresurada envuelta en su camisón. Lleva el pelo suelto y sujeta la parte superior de la prenda como si su vida dependiera de eso. Centra su mirada en un punto en particular que no podía ver desde mi lugar.
La sigo, corriendo para alcanzarla, pero se introduce en la penumbra de los árboles. Continuo tras de ella, solo que con más lentitud de la que ella lleva. Al introducirme en la penumbra la oscuridad se apodera de todo, los sonidos de los insectos son ensordecedor. Los búhos ululan y la temperatura desciende de golpe.
Cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad, reanudo el andar. Un paso a la vez, asegurándome de donde piso. Minutos después, escucho su voz, la voz de la abuela la que me sirve para orientarme. La diviso a lo lejos hablando con alguien, sus voces cada vez más claras.
—¡Tienes que llegar hasta las palmas! —le ordeno el hombre, señalando con la mano hasta el otro extremo del patio. —Será fácil identificarlas, sus troncos se cruzan en una cruz.
No puedo ver el rostro del hombre con el que la abuela habla, aunque su timbre de voz se me hace familiar. Camino despacio, intentando no ser notada hasta que la luz de la luna que se cuela por un claro me permite verlo. Su figura delgada y la piel de color me sorprende. Son facciones conocidas, pero que no había visto desde que murió.
—¡Allí encontraras el tesoro! —continúa hablando sin bajar la mano que señala el punto en cuestión. —Recuerda que es solo para ti, eres la única merecedora de mí legado.
Despierto de golpe, con el corazón bombeando apresuradamente. Miro al techo, con las imágenes aún grabadas en mis ojos. Retiro las sábanas y algo de la cama en dirección al cuarto de la abuela. Camino en la oscuridad, giro el picaporte tan pronto llego a la puerta. Como siempre, sin seguro, entro y la abuela me espera sentada en la orilla de la cama.
—¡No vuelvas a hacerlo! —la miro incrédula. —No vuelvas a entrar a sueños ajenos, no es correcto ni seguro.
—¿Qué dices? —sin comprender lo que dice.
—Cariño, eso no fue exactamente un sueño.
—¿De qué hablas?
—Es un mensaje entre planos, recordando una deuda ancestral que cobrar —quedo perpleja. —Y no puedes introducirte por qué solo le pertenece al destinatario, los intrusos son expulsados por algo maligno.
Un secreto que sacude mis entrañas, intentar no introducirme en sueños ajenos será difícil, y más cuando la curiosidad de saber cuál es el tesoro me inquieta.
