La mejor manera de escapar, parte I

Los rayos en la distancia anuncian la llegada de un tormenta y con ella la oscuridad. Las gotas se acercan con rapidez, corro hasta un pórtico para escapar de ella. La madera cruje a mi paso por el lugar. El frío y la neblina comienzan a ganar territorio, y me veo obligada a buscar abrigo.
La puerta rechina al ser abierta y para cerrar hay que hacer una fuerza sobre humana para lograrlo. Humedad y polvo son los olores característicos del lugar. El inmobiliario está cubierto por sabanas que en algún momento eran blancas. Camino por la sala de estar donde encuentro una chimenea, pero la humedad se ha logrado apoderar de los leños. Miro a mi alrededor, buscando periódicos o algún papel que pueda quemar. Solamente están las sabanas, las que después de muchos intentos prendieron, ayudando así a los leños en la chimenea.
El polvo suspendido en el aire me a provocado un osquilleo en la nariz pronto llegará la alergia, pero es mejor estar aquí que bajo la tormenta. Acerco la butaca al fuego y me introzco entre las mugrosas sabanas. Cuando el ruido de una puerta me hace brincar y caer al suelo.
Con miedo que una ventana abierta apague el fuego, voy caminando a oscuras por la casa. Voy tocando las paredes y cerrando las ventanas cuando un crujido me avisa la falta de suelo y caigo por un agujero sin saber si puedo escapar.
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